Esparciendo corazones encorsetados en aspersores de jardín





Esparciendo en mí late night, corazones encorsetados en aspersores de jardín, mientras a fuera, oigo llover androides en ingenuinos crímenes de Enero. Barriles de centinelas espaciales en batallas de pasiones de amor por planetas extranjeros, destinos desparasitados de chicas astronautas con tirantes, venenosos dentífricos entre reglas colapsadas de donativos cienciaficticios alter-love, cilantros, cremalleras que no llevan a ninguna parte, moralejas perfectas, cuartadas imperfectas, venerables moscardones en llamas, devociones de grima y lágrimas.

Cadernera encadenada a la voluntad onírica de la tarántula, Scott colapsado en su hebilla construyendo placebos para hembras de mus de limón, sombrillas de meteoritos olvidados, capuchones de bolis vic, parabolas del corte ingles y pelis porno setenteras.

«Una conversación con mi odontólogo»
El chico de las gafas en espiral:
—Últimamente se han enamorado demasiadas personas de mí, creo que es por la luz artificial de mi habitación.
Dr. X:
—Es porque solo atrae la seguridad y lo inalcanzable y tú das esa imagen.
“Luego extirpó la caries y en su lugar puso sirope de fresa”

He perdido morir el foxtrot del mar muerto en navidad





He encontrado creer que Europa crea en todos los fandangos de ambigüedades fred astaireianas, he perdido morir el foxtrot del mar muerto en navidad, las raíces del viento de bichos luminosos en jive y las antenas en tangos de gin tonic y almidón. Ahora una depredación insomníaca en llamas recorre mis encuentros y las buenas voluntades depuran responsabilidades sambasentimentalistas de iluminación callejera, depuran subterráneos navideños de amores tatuados en bolas de discoteca. Un 2009 de gafas rojas, ideales enfundados en pasodobles racionales de pitillo y excelsos cha-cha-chás en pinacotecas naïf parisinas.

Levantando las faldas a pabellones auditivos de olivettis hermanadas, con el morro como esperanza y quitándome las lágrimas cerebrales del quickstep. Y si estas triste... no lo estés, el vinilo, la navidad, que coño se feliz!!!

La chica de los ojos tristes que le hacía reír, dijo:
—*Me gustaría que fueras infinito, no quiero*que seas mi amigo, ni mi novio*, ni mi madre, ni mi padre*, no quiero que tengas*nombre, quiero que seas mi infinito*, que no seas un numero*que no seas aplicable*a nada, que no*tengas olor, que no tengas descripción, quiero*que no quepas*en ningún sitio, quiero que seas infinito… Prométeme esa infinidad*, no es ninguna*condición, ni una obligación*, ¿ok?
El chico de las gafas en espiral respondió:
— ¿Como se comporta el infinito?
(Era navidad… pero solo en sus branquias...)

Un invierno de musas congeladas en tiroteos insulares de movie roads japonesas





La violencia de transbordadores danzando en la fresería y el brillo de un letargo de estufas precolombinas abogando por nuestro amor hacía que la sonrisa nerviosa de un fraile de chocolate concluyera una reacción de corazones encadenados al roto exterminio de mi desafinada polaridad. El amparo de una hilera de intranseúntes pararon el alma ignifuga de las pistolas redentoras, llegó la hora de recordar y desastillar sus puntos de luz circunfleja, en la oscuridad, bromas y clemátides en distantes tanatitismos, por si no fuera necesario tenía poco decorado el plenilunio. Un invierno de musas congeladas en tiroteos insulares de movie roads japonesas.

Y las esperanzas coleccionables en fascículos de cortafuegos cardiobasculares, luces artificiales y bulldogs sin ojos contribuían a parar el universo, una confabulación univergónica para eliminar los biombos estratégicos de mis relativizasiones y el polvo de mis deberes y prejuicios.

La chica de pervivencia con leones, preguntó:
— ¿Porque lloras?
El chico de las gafas en espiral… respondió:
—No lloro, solo comparo el color de mis lágrimas con las tuyas, yo tengo pantone DS230-2C y tu DS229-2C, no somos tan diferentes ¿Y tú por qué estas tiritando?
La chica dijo:
—No tiemblo, solo comparo mis temblores con los tuyos, yo soy un 1,3 en la escala de Richter y tú un 8,2…

Yo maté a Wiedersheimi ☂*





Una Lola de invierno me disipé junto a la membrana pelosa y desnutrida de mi pelusa dramática, a lo lejos dos espontáneos esnifaban el polvo de alas de mariposa encontrando un colapso escrito con tippex en mis cuerdas vocales y una edición en español de mis satíricos discerdivertimentos. Un estado salvajemente criticocular en ensayos hermetizados de semen sentimentaloidemente común y con estampados de Banksy en mis costillas de fibra óptica.

Un día llegué a embedarme supracrípticamente en tejanos televidente de doctrinas en términos de rompecabezas de placeres estéticos y copeados de amor. Un chozpar de meriendas en la ciudadela, un drama en McDonald sin conjurar, unas reminiscencias de crisoterapias en pétalos dentales de sanguijuelas homosuicidas, perdido ido ido ido entre las asfixias cronistas de mis 4 horas de pijamas de arcadas emancipadas, contemplando la natación sincronizada de pestillos sobre piscinas verticales en acantilados de bacterias y sueñecillos de caucho.

Permitidme no presentarme pero yo una vez fui Wiedersheimi...

Un inquisidor con body milk entre asteriscos





Éraser una vez un gato en el desierto,, el minino no tenía realidades suficientes para ser feliz, y como no, convirtió nociones de ofidiomática en retorcidas acusaciones, encontrando así su follar de delirios rociero, ella, una atapuerca.

El gatete de terciopelo nos encontraba en la cresta de la ola co”r”diocópica, mil pleonasmos en su áspera lengua efervescente, hermanos, en el juicio final que cubría la anatomía del criterio erróneo de un aprendizaje maquinero, esa flor de Hércules en sus egagrópilas…

Un main stream de pragmitud proporcionada, la curiosidad era una presa fácil para él, los sacapuntas, quizás le sirvieran para amasar la meuca de misantrópicas filantropias en sexto grado.

Un inquisidor con body milk entre asteriscos, un cuarteto de cuerda para piano, viola, violín y radiador, un tan humilde como un emirato, un sigo siendo ese escritor hooligan del simbolismo y la metáfora, un porculero que individúa, un yo soy aquel que cada noche te persigue, un enfermo perdido en una dicotomía, un oráculto de amor en la piel venenosa de un armadillo, un sevillano, un pequeño batracio tomcruisinesco, un he dejado mis huellas en tu congelador, un éraser un gato en el destierro.

Una guerra tan cruel que parezca el paraíso





Una guerra tan cruel que parezca el paraíso en la que poder congelar los labios de una gamba en mi tarjeta de crédito, en la que volver a tapizar de terciopelo la lápida inextirpable de mi felicidad, donde rememorar las desfiguradas corrientes de agua en un asterisco de azufre lanzado al espacio infinito de un centímetro cúbico, una pluma encolerizada sostenida en un punto de niebla, el deseo de ver de una mota de polvo estampada en el cristalino de un ciego, una guerra tan finita que solo hubiera una paz acondicionadamente infinita, en la que los consejos sean procesos en 14 ocho miles y poder vivir para siempre como en año nuevo, como en una cuna, por encima de dios y la luna.

Y arzobisparse en ocurrencias de raptos de Sabinas como en un magisterio de Notre Dame y empeñar mis descabechados trocicos de corazón en trueques de guerras subsidiarias y embelesarse con las consecuencias de un fratricidio sentimental de enfrentamientos de asteroides de papel de arroz y plumillas hipocondriacas.

…y echarnos unas sonrisas en campos de fresas maceradas, por siempre.

El rigor mortis de la sibil·la en el área metropolitana de mi fracaso





1948, Aulesia… veo las niñeras de pesticidas entre la atracción política del éxtasis del azar americano y el hilo dental de mi felicidad enredado con los cables del discman. Llegó a ser la pala y el rastrillo totémico de una prótesis asiométrica perpetrando sueños sartreanos, pienso en perspectivas contraperspectivistas de una totalidad de preocupaciones desfibriladas . Su relación palpable de los responsabilistas en una hoja de cálculo, presiones constracturadas. ¿Y yo? Un kraken con el valor de lo atrezzado en los almanes very very frightening de sus escandiNabos. Hoy ha sido de caracoles en el champagne celebrando la conmemoración inconstitucional de lo enjaulado, de lo engendrado, de la inlatitud demostacional. Dudo siempre de sus miradas primaverales en problemas legales, dudo del promedio, dudo de la trascendencia tibiana en su acorazada e infame rueda del reloj, dudo del rigor de la sibil·la en el área metropolitana de mi fracaso ¿Ambilirla al sometimiento desesperatual?.

Miro la ingratitud de los mariscos, pienso en las traslaciones arabescas entre las incongruencias piriformes del gesto automático en el sentido de lo hortera y lo peor de todo es que me apasiona, la carta a un mendrugo de pan.

P.D Enchufa la impronta mutante del retrato de mi inocencia, apaga el rigor mortis de mis versos vectoriales.

La carnicoacústica maquiaEBÉlica de Sevilla





Arraigos afrecuentados de oportunistas y pequitas en tus mejillas de álbum ochenteno en gotas de Ballantine’s. Cuando brotó el madroño sus paciencias anacárdicas reconoció la felicidad espolvoreada encimas de sus pies unos anuales dedos apuntalados en momentos de alcohol y melalcholía desmontada en el vuelo RYA 8019.

Sevilla era un embelesado entramado de maquiaEBÉlicas bondades, un desorden en la noche un sin fin de inútiles destellos carnicoacústicos emparpados de papel de celosfán fuera de encuadre, con normas sin virtudes. El chasqueo del patinaje de mis lágrimas en sus encías al despertar, con las tormentas de nata con nueces en la almohada. Saboreando el paraíso en tropiezos, la excedra asmática de sus pupilas, gatos y marmotas, encuentros y circunstancias, muchas virtudes al lado del mazapán.

La chica de pervivencia con leones, preguntó:
—¿Porque todo es tan difícil?
El chico de las gafas rojas… respondió:
—Porque no es comestible, todas las cosas que no son comestibles son difíciles.

(Las pequeñas legumbres de manos germinadas reblandecieron el alma para poder sacar la espina.)
—Ahora ya somos la limonada, la tetera y el arrancamoños, dijo él.
Ella se abrazo a un silencio y tres puntos suspensivos...

El jardín de las perfidias





Y con el frío las membranas de mis manos encontraron sus axiomillas plantadas entre turba, abalorios y aljófares. ¿Que ocurrió? Preguntó ella despechada… La respuesta se encontró en el magnicidio de sus 798 corazones.

Infinitud y las infinitudes grandilocuentes nos cegaron el primer mes, gnosis de más para hacer quinielas cardíacas en la correspondencia que nos llegaba de Manila.

De lance en lance aquel meandro fue testigo de nuestras inclemencias de aspirinas efervescentes, éramos la neurótica antitesis del balanceo de una campana de mimbre, contoneo que fue nuestro último escondrijo. Sucumbió a un letargo en almíbar un largo etcétera de voluntades y el frío adriártico, se perdió en mis aposentos entre corazones tragicomediales, joyeritos de música con percebes de bailarinas y un infinito domingo se vio obligada a abandonar el jardín, un telegrama entre sus piernas chorreantes de horchata marcaba la lentitud acelerada de lowcost hormonoides de sus macabras actuaciones.

@asiomnia se enfundó sus leggins rosas y nos encuaderno en su librito de 9 octavas.

Autopsia lunar





Aún estoy en el contrato de la vida y el aire en escabeche aun sigue en la bóveda antártica y el tímpano de un mandril y las rosas y los pistilos y las escafandras en blanco y negro, todo perpetuamente oblicuo.

No mas para desmesurar mis sándwich con queso, no mas para huir de los aeropuertos, mas aun para clavar la estaca al pepinillos en vinagre, unos días, demasiados helados, compasivos ¿quizás? Redistribuyendo normas y deberes. Desintégrales genéricas amantes del porexpán eso era el Sábado y tres meses después estaba en su funeral y yo iba disfrazado de lágrima y corazón, como si hubiese salido del musical de JULIÁN MUÑOZ, una tormenta tropical en un tequila.

Mery Jane se puso su chaqueta gris y una cardigan del 98, abrió al mendigo en una autopsia lunar, hizo una replica al concilio de Trento y se introdujo nasalmente una ralla de maternidad y otra de polvo de fluorescente, dejó en babilonia en un restaurante español un gemido y en él un escrito que decía: “ÁRMAME”