† LIBROS

LISBOA Y LAS FLORES METAFÓRICAS
_______________Lisboa y las flores metafóricas__________________
CAPITULO (adelanto)
MASTALGIA 
A.S.I.O.M.N.I.A seguía escuchando a través de la puerta de mi mente, recostada como un erizo malherido y una castaña sin piel. Asiomnia era el perfecto sueño de una noche de invierno, la aurora boreal en el sórdido verano de Islandia, la famme fatale vestida con colores albinos, la coordenada perfecta para encontrar el tesoro perdido.

Ella veía su vida a través de una cristal de aumento, muy  retro, sin duda quería ser un maniquí,  posando en un aparador de una tienda glamurosa, con un vestido muy chic, un maniquí envidiado por todas las chicas que pasasen del otro lado y él al escuchar los comentarios de las otras chicas se originaría ser un maniquí orgulloso de no tener nada que envidiar, únicamente… la vida.

Fue por ella que dejé de creer en dios, apostando todo mi dinero para construir altares con palillos de dientes en mi corazón. Fue por ella que la poesía dejó de tener sentido, y la ciencia no eran más que migajas untadas en azul de metileno esparcidas por el suelo de un laboratorio.

Lo tenía todo, todo cuanto podía desear, aquel martes 13 a las 13 horas. Un suave pelo de soba noodles y dedos de cuchara para poder comer entre sus manos. Yo era su perro, y esperaba atado con una cuerda de nylon en la puerta de la panadería, tarareando esa canción, Si tú me dices ven, lo dejo todo…

La conocí en un patio andaluz, cerca de la Alpujarra, su albina mirada se confundía con la cal de las casas de alrededor, su fragancia no era más que el olor primaveral del romero, lavanda, albahaca, menta, hierbabuena y su boca... su boca eran los tépalos de una magnolia virgen, desprovistos e incautos.

Aquel día giraban los astros 180 grados y a su vez, campos enteros de girasoles danzaban sin ton ni son, buscando el brillo siniestro de su mirada, la gravedad en la que viajaba sin rumbo y sin miedo al precipicio, así salté desde un séptimo piso.
No fue la única vez que decidí coger un avión con el destino equivocado, era mi sombra quién galopaba y yo el jinete sin rumbo fijo.

En el muslo de la señorita una inscripción con letras cursivas:
Homo fugit velut umbra

Era un lunes misántropo de mi calendario, era un disfraz de quizases, era la araña tejiendo su propia red, era la hipnótica mirada de un felino excitando las miradas de aquellos hombres grises. Era tan pava que parecía encantadora, abrazaba muchas posibilidades pero era inocente, ácida, mordaz y tajante.

Con ella sentimentalmente viajé a París, recorriendo las calles como muertos, haciéndonos el boca a boca en cada esquina, luego mentalmente viajamos a Nueva York, donde perdí su rastro, como un perro viejo. El día que ella se fue, la magnolia a la que besaba se había convertido en una frágil amapola pintada del color prohibido, de un rojo cadmio, solamente me dejó un precipicio dibujado en una servilleta, donde previamente se había limpiado la mancha de café. La recuerdo con el mismo hedonismo con el cual la amé, con la sublime belleza que desprendía al sonreír, pese a tener los dientes torcidos.

Decidió convertirse en una puta sin previo aviso, así empezó a pintarse sus inmaculados labios de magnolia y era superviviente en un juego, sin poseer ningún AS en la manga.

Con el tiempo dejé de entender sus cartas, sus mensajes y las palabras que de vez en cuando asomaban por la rendija del buzón,  ni siquiera reconocía su voz cuando me llamaba sin previo aviso, quizás años atrás hubiera conquistado el mundo con su voz de mezzosoprano dramática.

Merecía una explicación por la palabra “abandono” escrita en la nevera en un post-it, con perfume a melocotón podrido y sofrito de tomates con ajillos:
“*Te dejo. Me voy*, pero nunca te abandonaré*”

¿Era un telegrama?, ¿una canción de algún grupo de pop británico con una mala traducción? o ¿un anuncio de compresas?
No solía preguntarme cosas absurdas hasta que leí aquella nota  escrita en boli bic sobre amarillo canario, el 109c de los Pantone, ese nunca sonaba a excusas y desprendía el olor a un campo de verde esperanza.

Aceptaba que su corazón no correspondiera al mío, incluso que el rizoma que conectaba ambas vidas se hubieran dividido en células y más células, apartándome de nuestro camino, pero no supe afrontar la idea de abandono y sentirme desamparado, cuando un duro invierno se presentaba al pasar la hoja del calendario, esta vez ni Otoño en Nueva York, ni No viembres Dulces. Quizá un traje con super-poderes me haría sentir un héroe, pero debía aceptar que mi vida sin ella no era una bella historia de amor, y mi dulce quehacer era la misma rutina de cualquier mortal. La Dolce Vitta, la Vie en Rose…

Al pasar un tiempo perdí completamente, como un perro esclavo, el rastro de migajas de su mazapán, y ya sólo quedaban varillas de paraguas para las tormentas de vinagre. Pasé varios días con los pies metidos en un estanque, como si fuera incapaz de tocar con los pies en la tierra y me dediqué a observar las carpas que asustadas bordeaban el lado opuesto a mis dedos, buscaba una respuesta o dejaba que flotaran entre comida de pez, mientras mi dedo gordo ahuyentaba a esos pececillos de río, los llamados “pez Koi” para los asiáticos que curiosamente coincidía en traducción con la palabra “Amor”… Amor con sus vocales y consonantes, Amor con mayúsculas, Amor en toda regla, Amor que trepaba por las paredes desnudas de mi dormitorio, Amor a primera vista…

Aquellos días pasaron inevitablemente, aquellas noches también. La imaginaba a ella como paseaba con sus nuevos zapatos rojos, como sus zapatos cruzaban la línea del círculo polar cada noche y se adentraban en los trópicos de corazones enlatados de día.
Huésped de un motel de carretera, tránsfuga del destino, cultivando desiertos de ortigas y flores de alcachofas. No podía soportar la idea de dejar de ser único y ser un número de habitación de hotel, 322, 432, 45, que importaban los números, con cuantos, con cuantas, el qué, el cómo, y el porqué, era ELLA la “única” y yo… uno más. Mendigos, empresarios, estudiantes, adolescentes, artistas bohemios, enfermeros, dentistas, todos sin más, caminábamos sobre el mismo dibujo en la línea que ella había trazado.

Compartía mi historia como con todos los demás, la historia que ella escribía para nosotros. Así deleitaba a sus aspirantes en la fresería, alcohol con fresas para cambiar la espesura del líquido, algo así como el kéfir para la leche. Ella lo sabía, por eso había ido a comprar fresas. Interminables cajas estaban en aquel lugar, algunas de ellas aún conservaban las flores de las fresas ocultándose entre el rojo apepitado del honorable fruto. Y aún me pregunto el como, el cuando y el porque, y aún sigo recordando las innumerables veces que a mi mismo me dije: Si eres alérgico a los desengaños, olvídate de esa mujer. Pero ni aún siendo alérgico a las fresas dejé de embriagarme de vino, flores y fresas; en las noches en las que su boca se posaba en mi ventana.

Estaba donde no tenía que estar, y yo pasé, pasé sin querer pasar y me viste y te vi… Sucedió… tanto tiempo esperándote que fue sin querer verte…

Mis manos se postraron en sus mejillas, se desplazó zarandeándose hacia mí, la arritmia visual hizo que empezara a temblar, de la fresería al infinito… del infinito al restaurante. En mis bolsillos, pequeñas flores, antesala del fruto perdido. Compartimos largos sorbos, como dos desconocidos, un síncope de silencios filofóbicos. A lo largo de la cena no hallaba el momento de mirarle y sin embargo, sus ojos remendados con hilo rojo deseaban perderse en el laberinto del minotauro.

—*No* me mires*.
— ¿Que te ocurre?
—*Mastalgia.

Después de ello la miré, mejor dicho, le volvió a mirar el ciempiés de mi mirada, al que aún le quedaban cuarenta y tres, aquel momento despertó el ciclópeo desear de una muchacha como ella, la necesidad humilde de encontrar la felicidad condensada en un instante, aquel amor efímero condensado en un segundo… en un momento… aquel, “vive el momento” llevado hasta el límite de la consecuencia… la ferocidad del tiempo se notaba y mi corazón marcaba el ritmo de una guitarra acústica.

Las horas pasaron y con ellas las luces de la noche, el vino y el caviar de Eritrea. Todo aquello dio paso al amanecer, del atardecer al anochecer y del anochecer al amanecer. Un amanecer sinestésico sin apenas salir el sol que nos llevó al borde del suicidio, una mañana sombría, éramos testigos excepcionales de esa batalla celeste entre el participio de la mayonesa, la luna y el sol.

Las infranqueables nubes de algodón descargaban su lluvia sin tregua, rociando migajas de pan, mientras el avión de papel se preparaba para planear en un terreno yermo. Y acabamos en su piso confundiendo sabores con colores, la ropa con las sabanas, el recuerdo con el olvido, y sin quererlo el amor con el deseo, interrumpimos besos de mantequilla por un silencio crepuscular y me pregunté si deseaba aterrizar en aquel lugar o si hubiera sido mejor dar media vuelta. Bajaba vertiginosamente hasta los 15 grados bajo cero, y su mirada se mostraba benévola, dejando al descubierto multitud de diminutas y lejanas estrellas que brillaban más que nunca en la fría y clara noche ártica. Hielo ardiente y llama mordaz; así es como la vida comenzó en el trópico.

Las noches narraba y el olor a corazones de cerdo quemados en la sartén despertaba mi curiosidad, una loba de corbatas mancilladas, y nuevos post-its matando dos pájaros de un tiro, Olvídate de mí, le dije: no te abandono, me voy,  tenía suficientes razones para decidir alejarse de la ciudad, de las flores, Monsefú, en la que nunca estuvo, ni estará y ¿Yo? Yo dejaré el ikebana para otra vida.

Llegué a los pies de mi cama y al cabo de un tiempo llegó el sonido de mi razón, luego dejé la leche fresca para las mariposas en los pies de la cama y dije las palabras que llegaron a mi historia, como si del tráfico de una botella de cristal se tratase, no podía explicar el porqué de mis sentimientos baratos, ni tomar confluencias explicativas en la piel de mis sardinas bautismales. ¡El hecho en sí no era el hecho en sí, sino el hecho en sí, ya que más allá del simple hecho de no entender nada está el simple hecho de entender algo!

Me dijo: ¿Y si mejor me besas y saltamos los dos al tren? Déjame comerte como si fueras mi corazón, déjame arañar tus uñas y grabar en ellas todos mis destinos, déjame comerte como si fuera el mes de abril, como si tu fueras el dulce de leche de mis dientes, déjame desearte que me ames, déjame perdonarte si no eres feliz y si te escapas al nuevo milenio, déjame empezarlo de nuevo todo a cada cuarto de hora, déjame abrazar el imperio de tus labios en esta batalla de amor, déjame jugar sucio y ser bondadoso con mis enemigos, dame permiso para hacerte vivir junto a mi en un frasco de vainilla enterrado en una botella de leche, pídeme que te haga nacer mis caricias en tu espalda y que afloren de ellas lentos camaleones con diamantes en forma de ancla tatuados en la fascinación de nuestra única y simbiótica vida, permanece digna y que las lágrimas tuyas sean gominolas con forma de gato, podemos ser amantes o amigos pero al menos déjame intentarlo.

Los silencios que esculpí de las retransmisiones interpretativas complacientes y llenas de marcapasos infravaloraban los espíritus libres. Las palomas con rayos cinéticos en sus alas y las ancas, se escuchaban formulas en el pestañeo de sus ojos, paradojas entre las palabras escritas en sus brazos, volver, entre sus manos y a partir de su dios, perdidos los anillos en el encuadre de mi ventana y su biodireccionalidad, su risa, el volver de mi arrogancia, las huellas plausibles de un domingo, la realidad finita en compresiones de rebeldía adolescente y algunos ruidos que no escuché por el sonido de las palomitas.

Volver, como volver envolviendo el volver de su envoltorio para revolver su vuelta y seguir volteando su cansada y olvidada revuelta. Su Tiffany’s, su claroscuro, un perfil en la hiedra y entre corcheras un pequeño diamante en el cobijo de su mueca. Todo fue muy efímero por eso alguien nunca supo lo que pasó.

Podría haber sido el único joven borracho de su historia, al igual que todos ellos fueron los ebrios protagonistas de sus efímeras noches, en las que éramos perros con un hueso entre los dientes. Estaba muerta y paradójicamente nos daba la vida, con ella la vida era un sueño y sin ella el insomnio de vivir. Éramos jóvenes borrachos con 85 líneas en las manos y todos pedíamos explicaciones por sus besos, caricias, lametones y mamadas. Tenía más de 100 mentiras que valían la pena para continuar buscándola, a su vez 1 verdad para seguir odiándola, la amaba.

La seguía amando a pesar de que la odiaba, como también odiaba las manos que me excitaban cuando me acariciaba.
—Un beso en la mejilla al llegar para que no olvides lo que somos, un beso en la mejilla al partir para que recuerdes que eres libre, y que el juego acaba para volver a empezar... Intenta no respirar.
—*Esta vez si no respiro* es por que no hay aire suficiente.

Al amanecer, la bestia durmiente yacía recostada, me  dejó allí, dejó al borracho, mientras… se fue a contar las constelaciones que aún quedaban en el cielo, luego volvería pero no a por mí.

Dudé de cada uno de los lunares cosidos en su piel y me abandonó recostado sobre las sabanas y junto a él, el hombre que ella amaba, en aquel patio andaluz, en aquel sillón enraizado encima de un armadillo.