martes, 4 de marzo de 2014

Ni yo puedo, ni tu debes...



Corazones rígidos barloventando sobre la marea, robándoles los temblores al comedero de alpiste, y sobre tus noes reposan las alondras muertas de mi ira, y sobre tu nombre las trampas de pegamento para ratas que tantas veces quise besar, y desde las más crueles cruzadas oigo los chillidos de las ballenas escondidas en las madrigueras que han cavado en los conductos lagrimales de marineros sin redes de funambulismo. 

Los oleajes marchitados por la inmersión del tiempo, el dulce y maternal abrazo de cualquier reproche con olor a sal. Caminar con pies de plomo y suela de plata, lamer el muérdago de forma lasciva, amarrarse tan fuerte a la gorgonia hasta dejarse las manos ensangrentadas por sus pinchazos, anclarse a la lluvia con paraguas desvestidos, sentir que estas solo a unas pocas millas de la explosión atómica. 

El baile entre el cuerpo desnudo y la estabilidad del ojo que lo mira.

Abestiarse de ti



Tal y como bailábamos tras el florecer de la sangre nueva, riéndonos respetuosos en el ligero del viento, puertos, pieles, celebridades sin bragas, abasteciéndonos de la inorganidad y el costumbrismo, de indulgencias, pecados, pianos, mieles y aplicando la norma genérica a la inestabilidad, sensibilidad cabalgando libre en genéticas e imperdonables mentiras que cosen heridas en sueños, ruegos, maletas, trueques, caricias en forma de reacciones alergias que a su vez desencadenan palmípedas supersticiones.

Aveces pienso que los sentimientos son como plancton, pequeñas partículas flotando sobre el mar abierto esperando a que los tiburones ballena acudan a su llamada, un corazón disuelto como el láudano en la absenta.

Aponogeton de corazón



Lo único que sabes de mí es que se crear cielos en descomposición, que llevo un aponogeton de corazón, que mis dedos son lo más parecido a anzuelos en tu boca, lo único que sabes de mí es que mi piel es un lacrimatorio, que llevo en el cenit de mis palillos tus besos. La muerte se ha parado en el borde de la nada, arrodillándose sobre el vacío para rezar, dejando que la brisa de sus miedos acariciase sus cabellos rubios.

Incisión de aliento sobre la fría inquietud soberana de reinos de piel de gallina y pieles de zafiro, molinos de juventud moliendo la vejez a grano fino, tu mirada aboliendo mi entrecortada respiración, rasguños que aletean por mi espalda mientras tu sonrisa malévola se esconde tras el telón.