martes, 20 de noviembre de 2012

He oído que ese viento sopla con las lágrimas de Morrisey



Tanta fragilidad desquebrajándose que te descuidaste de coser mi sombrero y ahora no puedo ser Napoleón, no me molesta que pongas en tela de juicio mi credibilidad, mi consciencia me masturba cada noche, llenaste el vaso de absenta con mis cenizas y yo ahora me consumo como cigarrillo esclavo entre tus labios, soy el veneno que cura al antídoto mientras tus espasmos me arropan, una castidad menstrual que empieza por las espinas del motel donde nos conocimos, tu eres mi cosmoidolatría, y yo siempre seré como ese fuego artificial imperfecto que falla y no sube tan alto como los otros cayendo sus chispas sobre la gente y haciendo gritar a las señoritas...

Llevo la línea del horizonte de corbata y tus muñecas de porcelana clavadas como fósiles en mis pulmones, tu México natal es mi aguja de tocadiscos, así que esta noche te toca apaciguar mis aullidos momificándome con papel film cual viuda negra en su madriguera. He seguido soldando el tanque de agua con estaño y tu calor corporal, necesito destruir lo establecido y arrasar con nuestro bien común, estoy en cólera entre chispas e indefensión, me he dejado tantas veces llevar que no estoy seguro de quien maneja mi cordura ahora, un nudo marinero que no se deshacer. Tu saliva para engrasar los engranajes de mi corazón.

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