lunes, 19 de diciembre de 2011

Lo que las agujas de tatuar arrastran al clavarse en tu piel en este tiempo de turbulencias y tinta china



Se tatuó en una cabina de teleférico para que la sangre quedara suspendida entre montañas, esa fue la escena que tanto esperó revelar. La pequeña habitación blanca quedó manchada de salpicaduras de tinta negra, acabó tatuándose las distracciones que la habían echo cambiar y las historietas que la mantenía atenta a la felicidad, ella era su propia adicción a los estómagos de mariposas pisoteadas con tacones al bailar, su religión era la de las micropartículas de color que tantas veces se habían filtrado en lo más profundo de su piel, la substancialidad, seguía viviendo en esa isla de tinta negra rodeada por un mar rojo de irritación de piel, corriendo el riesgo de únicamente ser dolor.

Caricias de látex y agujas inyectables formaban el cliché del vicio, como en un ritual de drogadictos, se mantenían firmes a los aros dilatadores de sus convicciones, estaba más cerca de él de lo que jamás pudiese haber respirado, al fin y al cabo el mayor acto de amor es él de dejarse tatuar por la persona que amas.

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